Entre mares de plata y marfil
Recostada sobre el Océano Atlántico, la costa oeste francesa despliega sus encantos en torno a pueblitos marineros que conservan intactas sus costumbres de siempre. Desde La Rochelle hasta el Finisterre galo, ya en la Bretaña existe un itinerario imaginario que serpentea entre la tierra y el mar, con la compañía de brisa y brumas y el sabor de otros tiempos.
Es muy posible que esa fama de bon vivants que define a muchos franceses surgiera a orillas mismas del océano. Basta con sentarse en alguna de las terrazas que animan la tranquila localidad de La Rochelle, capital de la Charante Maritime, para darse cuenta de ello. Si la mañana es soleada, el deseo de querer fundirse con los dos azules que la enmarcan -el agua y el cielo- se multiplica casi hasta el infinito. Porque pocas cosas se pueden hacer aquí que no estén relacionadas con el placer más absoluto: buscar dragones entre las gárgolas de sus casas, comprar ostras en el mercado al aire libre, practicar kayac en sus canales? y brindar con una copa de vino por esa burguesía que la descubrió para su descanso hace ya unos cuantos siglos. Por el Cour de Dames ya no se pasean las niñas bien con sombrilla mirando de reojo a los pescadores tras su regreso de faenar en el mar. Amarradas en las dársenas del puerto viejo, las embarcaciones deportivas denotan los nuevos aires que tiene la ciudad, menos elitista y cosmopolita en cuanto uno pasea por su casco viejo, entre un laberinto de callecitas y edificios -la Catedral de San Luis, el Ayuntamiento...- que parecen esconder mil y un misterios.
Texto: Silvia Roba. Fotos: Remedios Valls
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